Cajón desastre

Las Maniobras IV. Asalto final

Tras cuatro días de ejercicio físico agotador y de llenar la ladera de una montaña de deposiciones humanas los miembros del batallón hacíamos frente a nuestro último día de maniobras. Y por ser precisamente el último día el destino nos tenía reservada una agradable sorpresa. Pasen y vean.

Jueves por la tarde, todos en perfecta formación esperando las palabras del capitán que nos iba a hacer un importante anuncio, según radio-macuto.

Es oficial se sitúa frente a las tres compañías y un silencio sepulcral se instala en la explanada. Todos los soldados estamos expectantes antes el importante noticia que nos van a dar.

El capitán recorre con la vista a los soldados y comienza su arenga.

Soldados, esta noche tendrá lugar el último de los ejercicios programados para estas maniobras. En este ejercicio pondréis en práctica todo lo que habéis aprendido durante estos días.

en este momento se oye una voz entre la multitud que pregunta

¿Vamos a cagar en la montaña de noche? ¡Qué guay!

El capitán parece no haberse percatado del comentario y sigue su arenga

Esta noche hijos míos tomaréis consciencia de la fantástica máquina bélica en la que este batallón se ha convertido. Estoy seguro que haréis que me sienta orgulloso de vosotros, y aprovecho para deciros que ha sido un honor formar a hombres como ustedes y convertirlos en guerreros.

En este punto de la soflama se suceden los vítores y los capitán capullo queremos un hijo tuyo. La tropa enardecida se ha convertido en una masa de testosterona en plena ebullición, hasta que se nos aclaró el ejercicio que íbamos a realizar.

La finalidad de este último ejercicio es la simulación de un asalto de combate nocturno a una posición enemiga fuertemente defendida y bajo ataque aéreo enemigo.

Y para simularlo esta noche atacaremos la colina que está a nuestros pies, y cuando escuchen tres toques de silbato significará que se va a producir un ataque aéreo, por lo que deberán lanzarse cuerpo a tierra de forma inmediata.

Estábamos jodidos. Nadie se atrevió a abrir la boca, nadie excepto el alférez que por lo bajo decía

Se lo dije o no se dije. No usen la colina como retrete, pero es que no aprenden…

¿Querían que subiéramos por la noche, sin iluminación de ningún tipo y nos tiráramos cuerpo a tierra la colina en la que 800 tíos habían estado cagando a muerte durante 4 días? Pues si, eso es lo que querían.

Y llegó el momento de asaltar la colina. Todos nos habíamos pintado la cara al más puto estilo Rambo, y esperábamos con temor el momento en el que nos diera la orden de avanzar. A los pocos minutos nos dieron la fatídica orden, y aquellos fue patético.

La velocidad medía que llevábamos era ridícula, debido a que a cada paso intentábamos adivinar si donde íbamos a poner la bota había una caquita, cosa harto difícil debido a la falta de luz y al color oscuro de las deposiciones. Aún con todas las precauciones el que más o el que menos alguna mina pisó.

Pero lo peor fue cuando escuchamos tres toques de silbato y una potente voz que ordenaba el cuerpo a tierra.

Huelga decir que ninguno de los 800 hombres se tiró inmediatamente al suelo, sino que primero dimos una vuelta completa sobre nosotros mismos en busca de un lugar en el que aterrizar sin llevarnos alguna sorpresa.

Esto hizo que el capitán se desesperara y nos gritara:

Tirarse, pero tirarse ya que sos están atacando gañanes.

A los pocos segundos nos empezamos a lanzar al suelo, sonando un ¡Pomb! cuando impactábamos contra la madre Tierra. Este sonido quería decir que no te habías encontrado con ninguna mierda en tu camino. Pero a mi derecha escuche un sonido distinto, una especie de ¡Choof! seguido de la voz de Maroto que sólo repetía

¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!

Como no podía ver nada no supimos hasta que terminó el ejercicio y bajamos al campamento que le había pasado.

Fue en ese momento cuando vimos descender a Maroto que con semblante triste nos informó que se había dado lo que en argot militar se conoce por un pechazo, esto es, había hecho cuerpo a tierra sobre una caquita.

Tras asimilar la información comprobamos que la guerrera de Maroto presentaba un color marrón en diferentes tonalidades sin rastro del color verde característico de las prendas de camuflaje, dando una idea del tamaño del excremento, que más parecía que había salido de un diplodocus que de un ser humano.

Esa noche la guerrera pernoctó fuera de la tienda de campaña.

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