Cajón desastre

Las maniobras (I)

No sé porque me ha venido a la cabeza el periodo de maniobras que pasé durante mi servicio militar. No es que aprendiera algo útil, pero sí que fue una fuente de anécdotas a cada cual más esperpéntica. Cinco días de llenos de despropósitos que sólo podían acabar de una manera. Acompañadme y veremos como finaliza este periodo de maniobras para mi y para los otros 799 miembros del III batallón del Centro de Instrucción y Movilización (CIMOV) número 1.

La partida.

¡Qué alegría! Los mandos nos sacan de paseo por el campo nada menos que durante 5 días. Para ello nos pertrechamos a conciencia. Durante el reparto del equipo me toca en suerte la mochila con la que Franco hizo el campamento. Debido a su gran capacidad puedo meter, con suerte y la ayuda de Dios, los cubiertos y un par de camisetas amén de una cantimplora. Además de eso nos entregan un saco de dormir con tal cantidad de manchas que es el sueño de los de C.S.I.

Tras formar durante más de una hora sin saber muy bien por qué no arrancamos el capitán de la compañía da la señal de salida.

Durante el trayecto que dura más de 3 horas transitamos caminos de cabras y cruzamos una urbanización de casas unifamiliares, para susto y zozobra de los señores propietarios que no adivinan por qué esa marea verde cruza por sus calles. Mis compañeros aprovechan para hacer proposiciones indecentes a las mujeres e hijas de los habitantes de las casas. Requena nos hace saber que ha triunfado, y que una bella damisela quiere ir con él de maniobras.

Nos congratulamos por él pero le indicamos que no creemos que un periodo de ejercitación en el campo sea lo mejor para una octogenaria.

Al salir de la linde de la urbanización El Malaguita nos enseña la insignia de un mercedes. Dice que le mola, arrancarlas de los mercedes, nos aclara.

Tras casi cuatro horas andando por fin los mandos dan el alto y nos indican que aquel páramo iba a ser nuestro pequeño hogar durante cinco día.

En la cabeza del batallón comienzan a surgir gritos y voces que hacen que acudamos a averiguar qué puede ser aquellos que soliviante a nuestros aguerridos compañeros.

Ante nuestros pies se extiende la valla de nuestro cuartel, concretamente la vaya opuesta a la que hemos salido. Los mamones nos han hecho dar una vuelta en círculo de cuatro horas.

Se suceden los gritos pidiendo la construcción de un cadalso donde ajusticiar al teniente y a los alféreces de la compañía. Otros soldados irrumpen en gritos sediciosos mientras que un grupo pide la independencia para Torrijos, sito en la provincia de Toledo.

El capitán de la compañía, hombre curtido en estas lides, toma las riendas de la situación de forma enérgica y briosa; nos deniega el permiso para construir el cadalso, los miembros sediciosos del batallón quedan castigados a instalar las zonas de evacuación (literal) y se arresta al grupo independentista de Torrijos.

Con respecto a la elección de la ruta y lugar de acampada nos hace notar que el capitán es él y que se va donde le sale de los cojones. Todos de acuerdo, nos reintegramos a la disciplina militar vigente.

Al poco de estar en aquel paraje vemos la llega de un camión militar del que bajan un número indeterminado de soldados que se aprestan a montar una tienda de campaña de grandes dimensiones.

Es un hospital de campaña, dicen unos, podría ser el puesto de mando, dicen otros. Un soldado de los que montaban la tienda coloca un cartel junto a la entrada que nos saca de dudas. Dicho cartel rezaba lo siguiente:

Hay botes fríos por 120 pesetas.

Bocadillos calientes.

Habían montado la cantina.

Tras este episodio y tras montar las tiendas se reincorporan a la compañía los castigados a montar el lugar de evacuación. Preguntados por si es un espacio destinado a ambulancias o para que aterrice un helicóptero nos indican que no, que ellos pensaban lo mismo, pero que el brigada les ha explicado que el sitio para evacuar era para eso, para evacuar, para hacer caquita, popó, poner un huevo o plantar un pino.

El sitio está delimitado por una especie de tela que forma un cuadrada de unos 15 metros de lado. Ya está. Ni retrete portátil ni nada. Sólo 225 metros cuadrados de tierra yerma.

Mientras discutimos cómo vamos a hacer para no hacer de vientre durante cinco días llega un alférez que manda a formar y firmes.

Nosotros nos apelotonamos y gracias. No hay que malacostumbrar a los alféreces de reemplazo.

El oficial nos dice que durante estos cinco días vamos a recibir entrenamiento de combate y operativo… bla bla bla bla… y que estemos atentos a las dos indicaciones harto importantes que nos serán de utilidad durante nuestra estancia en el campamento.

A saber, que para ir a evacuar hay que pedir el zapa-pico y la zapa-pala, esto es un pico y una pala del tamaño del antebrazo, y que con dicho material se irá al lugar de evacuación donde se cavará un pequeño hoyo en el cual alojar las deposiciones.

Preguntado por el otro punto se limita a señalar la colina que nace a nuestros pies y nos indica enérgicamente que no lo usemos como retrete del batallón. En caso de contravenir estas indicaciones nos arrepentirnos.

Con la finalización de la arenga del alférez la noche cae sobre nosotros con su oscuro manto lleno de estrellas y se nos entrega la cena, consistente en raciones K. Esto es una caja que contiene un infiernillo con pastillas para calentar la comida, una lata de carne de buey con guisante, otra de macedonia de frutas y una lata de atún en escabeche.

Tras montar en infiernillo el grupo de amiguetes que éramos nos sentamos en corrillo a calentar nuestras latas en total oscuridad cuando al poco escuchamos una detonación y sobre nosotros cae una lluvia de metralla.

Maroto, que está tumbado cuerpo a tierra a mi lado se percata de que la metralla sabe a guisantes, es más, afirma que son guisantes mientras a lo lejos escuchamos un grito desgarrador:

¿Pero no te he dicho yo que tienes que abrir la lata antes de poner al fuego? ¿Te lo he dicho o no te lo he dicho? ¿eh? ¿eh?

Repuestos de susto seguimos con la degustación del menú cuando Maroto nuevamente reclama mi atención y me dice que su carne debe estar podrida, que sabe dulce.

La pruebo y le digo que ha calentado la macedonia de frutas. Le animo a que se coma de postre el buey, pero ya sin calentar, porque en la ración sólo viene una única pastilla para hacer fuego.

Con respecto al atún en escabeche prefiero no mentarlo, me repitió tanto que hoy en día cuando se me escapa un regüeldo me recuerda al atún.

Con esto finaliza la llegada a nuestro campamento. En próximas anotaciones contaré otros hechos acaecidos en esas maniobras.

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